Pedía tan pocas cosas a la vida, tan pocas. Yo sólo quería
escribir. Sin embargo, todas las piezas de mi historia encajaron de tal forma que lo que hicieron fue recomponer el rompecabezas opuesto.

Durante un tiempo intenté buscar a los culpables de tal desaguisado. Culpé al destino, culpé a todos los dioses que hallé por el sendero, culpé a la mala suerte… Y me culpé incluso a mi misma, pues los
puzzles nunca se me dieron demasiado bien. Pero a estas alturas nada de eso importa ya demasiado, no ahora que veo yacer a mis pies a ese destino que tan resistente y poderoso
pareció un día, ahora moribundo, desahuciado y roto.
Como un Goliat mi corazón cayó
lapidado por las piedras que a su paso los pequeños acontecimientos blandieron. Cada una de ellas es un interrogante, un miedo, una duda que me asalta y me apedrea
la esperanza, que me roba los motivos. Desorientada en mitad del camino maldigo todo lo andado y todo lo que me queda por andar, sin saber qué hacer, sin saber adónde ir, sin saber siquiera las coordenadas exactas de dónde me hallo.
Yo
podría seguir luchando. Yo
podría seguir avanzando contra vientos y mareas.
Podría seguir oponiéndome al naufragio en que se ha convertido mi propia vida, pues aún me queda un ápice de fuerza en las más recónditas galerías del alma. Sin embargo, lo que no me queda ya son
excusas.
Sé que no estoy preparada para abandonar a estas alturas; aún me quedan tantas cosas pendientes, tantas cosas por hacer… Pero están tan lejos de aquí, tan distantes que tendría que caminar
cien años más para alcanzarlas. Sin embargo, sé que no viviré cien años. Por eso tampoco estoy preparada para seguir; seguir,
¿seguir adónde? Me duelen los pies del alma de tanto andar sin rumbo, de
tanto paso gratuito. ¿Seguir adónde?
Mejor me quedo aquí. Quizá a alguna
musa le coja de paso este recóndito lugar y se digne a venderme sus encantos a cambio de una módica cantidad de palabras, ofreciéndome su cálido e interesado abrazo para eclipsar por unos minutos la sordidez que me rodea, reconociéndome al oído mi genialidad y asegurando,
como a tantos otros, que no halló sobre la faz de la Tierra mejor
trapecista que yo.
···
···