jueves, 1 de julio de 2010

Bailando con el príncipe azul (Versión Extendida)

[] Alicia esperaba bajo el paraguas, con una visible dosis de inquietud en los gestos. Consultaba el reloj una vez más cuando el vehículo de color plateado que había estado esperando pasó por delante de ella para ir a aparcar unos metros más allá, calle arriba.

Un joven rubio y espigado descendió del coche. En efecto, llevaba una cazadora marón, tal y como había dejado dicho, y era atractivo tirando a guapo, como Lina había vaticinado al oír su voz al otro lado del auricular. Sin embargo, ella se sintió profundamente decepcionada al verlo.

-¿Alicia? -preguntó acercándose. Ella asintió-. Soy Tomás.

Ella le tendió la mano antes siquiera de que se le ocurriese besarla.

-Encantada -lo saludó.

-¿Lo tienes aquí? -Tomás parecía impaciente por ver la mercancía.

-Sí. Sí, lo he traído conmigo -confirmó-. Pero hay un problema...

Alicia esperó unos segundos, con la esperanza de que Tomás, de alguna manera, la azuzara a continuar la frase. Sin embargo, él sólo la observaba, eso sí, con una fijeza que casi logró perturbarla, lo cual no era muy habitual en ella.

-Tú no eres el Tomás que yo esperaba...

-¡Vaya! ¡Es la excusa más rara que he oído desde que empecé la colección! -rió él. A Alica la contestación le pareció extrañamente amable. De hecho, en su lugar, ella estaría muy enojada- ¿Podría al menos...?

Aunque parecía violenta por la situación, la mujer asintió y se apresuró en rescatar del bolso, no si antes efectuar un par de piruetas con su paraguas, el primer número del Capitán Trueno, protegido por una funda plástica.

-Espero que encuentres a tu Tomás un día de estos -la alentó mientras examinaba la portada del cómic con cara de idiota, regresándolo al momento a sus manos.

-¿Por qué lo coleccionas? -interrogó ella.

-Es una larga historia, Alicia. Y la verdad es que ando mal de tiempo en este momento -se excusó-. Hay un cliente que me espera en media hora al otro lado de la ciudad.

Ella asintió. Había llegado el momento de quedarse a solas con ella misma para lamentarse de aquella búsqueda suya, infructuosa a la par que ridícula. Nunca debió haber comprado aquella cosa horrible en el rastro. De hecho, no sabía muy bien por qué había puesto en marcha la estúpida idea de usar los anuncios clasificados y la manía de Tomás de coleccionar cómics viejos que ella tanto odiaba para rescatar del pasado su caducada historia de amor. Es lo que Lina solía llamar “quedarse estancada”. “¿Estás loca, Ali? -la reprendió la tarde en que, delante de la cafetera de la oficina, le confesó su absurda idea- ¿Qué es esto? ¿La última misión del Capitán Trueno?”

Absorta en sus pensamientos, Alicia echó a andar calle abajo, volviendo a meter en el bolso al viejo héroe de papel. Entonces, se sorprendió a ella misma mascullando algunas de las estrofas de “Famous Blue Raincoat”.

Alicia se detuvo en seco y giró sobre sus talones buscando el origen de la música; a su cabeza volvían las imágenes de ese sueño recurrente en el que bailaba aquel lento abrazada a su príncipe azul, mientras él le susurraba sus versos en el oído; sólo en aquel sueño se había sentido Alicia a salvo y feliz.

Sin embargo, la música se alejó de ella a bordo de un coche de color plateado...

Alicia corrió tras él, como si la vida le fuera en ello, esperando darle alcance para rogarle a Tomás, aunque volviese a tomarla por loca, que bailase con ella antes de que la canción acabase, allí mismo, en mitad de la lluvia y del ajetreado deambular de los transeúntes...

Imposible. Los coches se hicieron para correr más que las personas.

Con manos nerviosas, Alicia rebuscó en el bolso y rescató su móvil y, deshaciéndose del paraguas, tecleó a través del menú con torpeza. Al otro lado alguien le lanzó una bienvenida comercial que Alicia no entendió. “Busco a Tomás” informó con prisas, sin pararse a pensar.

-¿Es un cliente?

-¿Yo?

-No, el tal Tomás, ¿es un cliente de nuestra cafetería?

-No lo sé -contestó ella.

-Debe tratarse de un cliente -conjeturó su interlocutor- ¿Está aquí ahora?

-No. No, está en su coche.

-Perdone, señorita, pero no conocemos ningún Tomás. Verá, este es un teléfono público. Supongo que esa persona la ha llamado desde aquí. Me temo que no puedo ayudarla.

Presa del pánico, Alicia colgó. Perdida en la inmensidad del espejismo en que había estado buscando, regresó a la pantalla del móvil, en el que otro teléfono sin nombre de contacto llamó su atención, atraiéndola como un imán y haciéndola teclear una vez más.

-Buenos días -saludó-. Quisiera corregir un anuncio clasificado que inserté el lunes, ¿es posible? El que inserté en su día no es del todo preciso (…) El código es 30-31-32 (…) Sí, creo que por eso lo recuerdo (…) Sí, es “Cambio cómics del Capitán Trueno de colección Dan por baile lento con príncipe azul. Aún tengo el número 1. La oferta sigue en pie. Trae el disco de Leonard Cohen contigo”. Lo demás lo puede dejar como estaba (…) Claro, se lo repito...

2 comentarios:

  1. No hay recetas para el amor y si se vale de trueques para el intento...tampoco! jajajaja

    Estupendo rompecabezas que sólo se arma en detalle al final, cuando el cariz romántico y soñador de la protagonista se pone de manifiesto.

    Un abrazo!

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  2. Como todo buen rompecabezas...

    Particularmente prefiero esta versión antes que la reducida, presentada al concurso. Sin embargo, sin aquella no habría existido esta, por lo que, aun sin llevarme el gato al agua, agradezco la idea del la web que la puso en marcha.

    Besos, mi querida Mónica.

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Te doy la bienvenida a mis mares.
Muchas gracias por verter en ellos tus palabras.