Fuera, la noche ventea, aunque con más timidez que la prevista esta tarde por el hombre del tiempo.
No tengo sueño; de hecho, ahora mismo atesoro ánimos suficientes como para preparar una celada. No en vano, en mitad de la noche, las andanzas de las musas resultan tan audibles que la posibilidad de darles caza es una tentadora provocación.
Miro de soslayo el crujiente despertador sobre la mesilla. Sólo falta un minuto para las tres de la madrugada. "Debería descansar más" me reprendo.
A lo lejos, confusos entre el crepitar de los relojes, resuenan los pasos de un invitado. ¡Vaya! ¡Acabo de recordar que tengo a Morfeo esperándome aún en el salón, consumiendo una generosa infusión de tila alpina!
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Te doy la bienvenida a mis mares.
Muchas gracias por verter en ellos tus palabras.