Hoy por hoy, la felicidad tiende a generar reflexiones egocéntricas, egoístas percepciones de la realidad que rotan sobre ellas mismas adoptando siluetas deformadas.
Ya no existen más felicidades que las de uno mismo.
Creemos de ella que es un abundante bien de dominio público que, para colmo, se nos presupone como si se tratara de un órgano más de la fisonomía humana. Sin embargo, hemos olvidado que reside en las cosas pequeñas, ante las cuales pasamos de largo atraídos por otras grandilocuencias mejor cotizadas y mejor vendidas.
El ser humano ha perdido su perspectiva, sumido en el egocentrismo políticamente correcto. No se da cuenta que en su mundo, perfecto y luminoso, la impermisible infelicidad prospera oculta en el ostracismo de una celda acolchada.
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Te doy la bienvenida a mis mares.
Muchas gracias por verter en ellos tus palabras.