Regreso.
El sol me besa los párpados
y el matutino rocío,
condensado en el envés epidérmico,
se evapora.
Luz marítima.
Brisa cian.
Las lides entre el Levante y el Poniente
se traman en la estratosfera.
El alma se despereza,
remoloneando sobre la fresca yacija;
le da pereza subirse al Mundo en marcha.
Afortunadamente, las musas revolotean sobre el dintel de la puerta.
En tanto,
mi corazón palmea,
haciendo galopar la riada sanguínea
por los cauces
y las cárcavas menguadas durante la noche.
Torbellinos de rubicundos hematíes
se arremolinan en el torrente plasmático;
elásticos bailores,
oxigenados traductores de bulerías.
El sol me besa los párpados
y el matutino rocío,
condensado en el envés epidérmico,
se evapora.
Luz marítima.
Brisa cian.
Las lides entre el Levante y el Poniente
se traman en la estratosfera.
El alma se despereza,
remoloneando sobre la fresca yacija;
le da pereza subirse al Mundo en marcha.
Afortunadamente, las musas revolotean sobre el dintel de la puerta.
En tanto,
mi corazón palmea,
haciendo galopar la riada sanguínea
por los cauces
y las cárcavas menguadas durante la noche.
Torbellinos de rubicundos hematíes
se arremolinan en el torrente plasmático;
elásticos bailores,
oxigenados traductores de bulerías.
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Imagen creada con IA © |
Comentarios
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Te doy la bienvenida a mis mares.
Muchas gracias por verter en ellos tus palabras.