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Fábula urbana

Este jueves, los jueveros nos entregamos al olvido... Por suerte, está Charo tomando nota de todo para que perdamos detalle...



Su padre siempre había dicho que una cebra no tenía que ser más rápida que los leones, sino más rápida que las otras cebras. De hecho, estaba seguro de que su padre, de haber podido, se habría tatuado este lema en el trasero, si algo así no hubiese dado demasiadas pistas a los competidores que dejabas atrás.

Sí, las titis se derretían a su paso. Él lo sabía. Era guapo, más que su padre y más que su abuelo juntos. Y era arrogante y pendenciero, casi temerario incluso, y poseía esa pizca de peligrosidad que hacía salivar a sus servidores, sin importar su sexo. Algunos le abrían paso con recelo; podía oler su miedo y su envidia mientras pasaba a su lado. Si bien, la mayoría fue siempre lo suficientemente sensata como para no retarlo; no en vano, todo el que lo retó, hubo de lamentarlo más temprano que tarde.

Sus pensamientos iban y venían al tiempo que corría a toda velocidad, oyendo las pisadas de sus perseguidores tras él; pero él corría veloz, obteniendo cada vez más ventaja. 'Soy la cebra más rápida de esta sabana' reía acelerando, gustándose, dejando patente sus virtudes. Tan enfrascado estaba en su propia petulancia que ni siquiera se percató de que hacía un buen rato que se había alejado del grupo, el cual había hecho un quiebro tras él para distanciarse del problema sin perder la compostura ni la integridad.

Al divisar a sus compañeros en la distancia, se detuvo en seco, perplejo por la actitud de la manada. Jamás habría imaginado ser víctima de un olvido y de una humillación como aquella.

Al tratar de recomponerse, una luz más dorada que el amanecer parpadeó a la sombra de una acacia, llamando su atención. Sus ojos negros se cruzaron entonces con el ámbar de los ojos de un enorme león macho que, esperando que su harén de leonas le sirviese la cena, se había topado con un inesperado aperitivo.

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Te doy la bienvenida a mis mares.
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