'Cris D'Aveugle' de Diamanda Galás, una de las cosas más aterradoras que jamás he oído
Este jueves, Teresa Cameselle nos invita a participar en la V edición del Halloblogween. El invitado de honor del evento será la Parca. Los interesados en rendirle el merecido homenaje, no dejen de visitar a Teresa.
Al acabar el día, la casa crujía lo mismo que una carraca, como si toda ella masticase el silencio y la negrura de aquella atmósfera espesa y llena de vejez. Incluso las noches de verano parecían largas y frías en aquel lugar, lleno de puertas y cajones desvencijados, rincones oscuros y ángulos... muertos.
Acurrucada en el lecho, veía pasar las horas como si la oscuridad la hubiese sorprendido sola en medio del bosque. Allí permanecía aovillada bajo las mantas, con todos los sentidos despiertos, hasta que el cansancio la rendía. Aprendió así distinguir el crepitar inofensivo de los muebles, el aleteo de las polillas alrededor de las luces, el sigilo de los zorros merodeando por el jardín... Pero había algo sordo en el aire, una mirada, una suerte de respiración contenida que no lograba precisar.
En la última noche, aquella presencia se atrevió a ir más acá cuando, aprovechando una cabezada suya, se adentró en la habitación. El leve gemido del entarimado la trajo de vuelta. Con los músculos en tensión escudriñó el silencio. Por un instante, todo le pareció en calma; incluso el rebotar de las polillas en la ventana había cesado de repente. Luego, a los pies de la cama, el susurro de una tela en movimiento la empujó a sentarse de un brinco.
- Clara, eres una estúpida -le recriminó descubriéndola allí, observándola, hierática e inquietante como ella sola.
- No me digas que te he decepcionado -lamentó Clara ladeando una sonrisa perversa- ¿Acaso esperabas un fantasma? -preguntó- Quizá hubieses preferido que fuese un fantasma -adivinó desplegando el brazo derecho, hasta ese momento replegado a su espalda.
Entonces, la opalina luz de la luna encendió con su resplandor la afilada hoja del enorme cuchillo de cocina que aquella noche acompañaba a Clara en su vagar nocturno.
Al acabar el día, la casa crujía lo mismo que una carraca, como si toda ella masticase el silencio y la negrura de aquella atmósfera espesa y llena de vejez. Incluso las noches de verano parecían largas y frías en aquel lugar, lleno de puertas y cajones desvencijados, rincones oscuros y ángulos... muertos.
Acurrucada en el lecho, veía pasar las horas como si la oscuridad la hubiese sorprendido sola en medio del bosque. Allí permanecía aovillada bajo las mantas, con todos los sentidos despiertos, hasta que el cansancio la rendía. Aprendió así distinguir el crepitar inofensivo de los muebles, el aleteo de las polillas alrededor de las luces, el sigilo de los zorros merodeando por el jardín... Pero había algo sordo en el aire, una mirada, una suerte de respiración contenida que no lograba precisar.
En la última noche, aquella presencia se atrevió a ir más acá cuando, aprovechando una cabezada suya, se adentró en la habitación. El leve gemido del entarimado la trajo de vuelta. Con los músculos en tensión escudriñó el silencio. Por un instante, todo le pareció en calma; incluso el rebotar de las polillas en la ventana había cesado de repente. Luego, a los pies de la cama, el susurro de una tela en movimiento la empujó a sentarse de un brinco.
- Clara, eres una estúpida -le recriminó descubriéndola allí, observándola, hierática e inquietante como ella sola.
- No me digas que te he decepcionado -lamentó Clara ladeando una sonrisa perversa- ¿Acaso esperabas un fantasma? -preguntó- Quizá hubieses preferido que fuese un fantasma -adivinó desplegando el brazo derecho, hasta ese momento replegado a su espalda.
Entonces, la opalina luz de la luna encendió con su resplandor la afilada hoja del enorme cuchillo de cocina que aquella noche acompañaba a Clara en su vagar nocturno.
![]() |
Imagen creada con IA © |
Comentarios
Publicar un comentario
Te doy la bienvenida a mis mares.
Muchas gracias por verter en ellos tus palabras.