Hay gente que lo llama don. Sin embargo, hay ratos en los que yo lo veo mutar en castigo.
El don, otra modalidad de "ni contigo ni sin ti". ¿Cuál de los dos es el amo? ¿Quién posee a quién?
Aquel que lo descubre, presente en su fisiología como un órgano invisible, se regodea ante su presencia, aunque sólo hasta ese punto de inflexión en el que no puede alimentarlo. Porque ¡qué transmutación experimenta el "don" (léase también "maldición") insatisfecho! Hasta ese preciso instante no se muestra en su sincera plenitud, devorando a su "anfitrión" de dentro a fuera.
Es comprobable que, a lo largo de este pulso interminable, hay veces que es el poeta el poseído, un mero guiñapo carnoso digerido en los jugos gástricos de su parasitaria bendición.
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