Hay un día en cada trimestre que, sin nada que ver con los solsticios y los equinoccios, te muestran una señal de los cambios estacionales.
Barruntando la que nos toca, ya he experimentado la astenia primaveral, las alergias, la tortura de enfundarte la ropa del año anterior y los consiguientes traumas en la báscula de la farmacia de la esquina, la explosión floral, las mudanzas de los armarios, los paseos por el sol...
Pero hasta hoy no he sentido ese punto de inflexión que confirma lo inevitable.
Hace quince minutos me he acercado a la nevera, la he abierto y, sin la menor dilación ni duda, he rescatado una lata de Coca Cola desde los más profundo de sus blancas fauces. Luego, la he dejado sobre el mostrador un breve lapso. Se ha quedado ahí uno o dos minutos, exudando su frialdad. Y cuando he vuelto a por ella, la lata estaba cubierta de esas diminutas y apretadas perlitas de rocío y había adquirido ese húmedo aspecto aterciopelado tan peculiar. La he sujetado para abrirla. Psh. La explosión al presioniar la anilla ha hecho emerger una pequeña porción del refresco, como un geiser, que se queda burbujeando en los surcos arquitectónicos de los alrededores. Mientras tanto, al desasirla, una gota de agua ha emergido de una huella dactilar y ahora, sorda e invisible, resbala por el cilindro plateado abriendo un estrecho surco a través del manto de rocío.
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Imagen creada con IA © |
Mmmmmm a mi tambien me gusta una cocacola a mitad de mañana, pero no hubiera sabido expresarlo taaaan bien, mmmm
ResponderEliminarPero las prefiero de botellin, que esas latas, si no estan limpias, ayayay no se sabe que pueden tener :S
Ya sea en lata o en botellín, beberse una CocaCola cuando uno tiene sed es todo un rito. Y en mi, además, casi un acto reflejo.
ResponderEliminar:-)