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Qué frivolidad


Esta noche quisiera relentizar el tiempo, sólo un poco, sólo en la medida de lo posible. Sentarme en la terraza, en camisón, a bañarme en la fresca tregua nocturna mientras desuello y paladeo una pieza de fruta o, por qué no, me regodeo en una generosa porción de buen chocolate negro.

Podría recrearme en tal medida, que sería capaz de enumerar cada uno de mis gestos e ilustrar cada olor, cada sabor, cada sonido con una fidelidad tal que me permitiría poner en tu boca cada uno de mis mordiscos.

Te imagino desgranando el texto, con los ojos abiertos como platos y la boca acuosa, en perfecta comunión, rescatando mi experiencia hasta adueñarte de ella. Luego, cuando al fin termines tu lectura, la paladearás, como si ciertamente se tratara de un bocado comestible, y te sentirás capacitado para expornerme tu opinión, para confeccionar tu crítica.

El reloj avanza lentamente; ahora podemos hablar de arte sin miedo. Qué frivolidad. Allá fuera, el mundo sigue girando, con sus guerras, sus daños colaterales, sus violaciones, sus hambrunas, sus inundaciones, sus inocencias arrebatadas, sus pandemias, sus desheredados, su especies en peligro de extinción... mientras nosotros desertamos y disertamos sobre la belleza.

 No cabe duda alguna: sobre la faz de la tierra no hay nada más frívolo que el Arte.

Imagen creada con IA ©
Escrito en la madrugada del 10 de agosto de 2006

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