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Este jueves, un relato: Cría cuervos

Pepe nos propone desgranar momentos y ponernos celosos.

Mis disculpas por mi falta de brevedad. He intentado un par de veces recortar el texto para reducirlo, pero sólo he conseguido el efecto contrario. Así que mejor lo dejo tal cual.



Nada más hacerse cargo de él, quedó cautivado por su grandeza, lo cual no dejaba de ser paradójico, debido a su lozana juventud. No en vano, reconoció en seguida los dones de su ágil paladar y su poético concepto de los sabores. Por eso, embriagado por su innata maestría, no tardó en adoptarlo como aprendiz y, reconociendo en él al hijo que nunca engendró, le inculcó toda su sabiduría y toda la esperanza de haber hallado al fin al digno sucesor que la Corte merecía.

Sin embargo, nunca imaginó lo raudo que sus majestades se percatarían de la exquisitez del alumno. En unos pocos meses, el rey, que nunca había mostrado inclinaciones cinegéticas, había invitado ya a todos los nobles del país a cazar perdices en sus bosques con la única intención de darles a probar el mejor de los asados. Mientras tanto, en la recámara de la reina, se había asentado una fuente repleta con sus refinados pastelitos, cuya presencia no dudaba en reclamar, dado el caso, con la exigencia natural de una niña.

El viejo cocinero reconocía que su joven aprendiz nunca había pretendido tal cosa, pues era de espíritu humilde e inocente. Sin embargo, se había adelantado tanto a sus planes que, en lugar de sucederle, le había arrebatado los laureles de la gloria de la frente, eso sí, con tanta dulzura que por un breve instante albergó la tentación de dejarse morir allí mismo.

'Una cocina es muy pequeña para dos maestros' refunfuñó mientras recolectaba bayas de las belladonas que crecía más allá de la huerta, camufladas entre los mirtos y los jazmines.

Como cada viernes, su aprendiz habría seleccionado los mejores experimentos que había ejecutado durante la semana, para recabar su opinión alrededor de unas tazas de café, que correrían de su cuenta. Así, llegada la hora de la merienda, el maestro vertió el café en la taza junto a la cucharilla de plata, sin azúcar, como siempre, y añadió el resto en la otra taza, sobre el concentrado de belladona; la generosa dosis de azúcar que el muchacho añadiría en unos minutos sería el último ingrediente de la pócima que había ideado para mitigar la cada vez mayor virulencia de aquellos celos.

- He estado jugando con los pétalos de rosa - anunció el joven adentrándose en la cocina, portando un enorme plato de pasteles.

- El café está servido - confirmó el maestro mientras se frotaba las manos con jabón, sin mirarlo aún. Ni por asomo quería dejar en ellas ni un gramo del principio activo que tan concienzudamente había estado destilando en las últimas horas.

Desde su lugar frente al lavamanos le llegó como amortiguado el tintineo de la porcelana y el de la cucharilla dentro de la taza de su amigo. Acudió entonces junto al joven, que impaciente servía ya los bocaditos que le había reservado. Sentía la lengua seca dentro de la boca, probablemente a causa de los nervios. De hecho, se moría de la sed. Palpó la temperatura del café dentro de la taza y, reconociendo su templanza con alivio, engullió su contenido tal honda era de un sólo trago, dejando que el sabor del azúcar le llenase la boca...

- Está dulce - se quejó. Con los ojos desorbitados, bajó la mirada hasta el plato, comprobando que no había errado y que había bebido de la taza que aguardaba junto a la cucharilla de plata, su cucharilla, que descansaba a un lado del plato, aunque con el fondo manchado de café. En seguida descubrió con espanto su desliz: la suya era la única cucharilla que había puesto en toda la mesa...

Ilustración de Maxfield Parrish para The Knave of Hearts
Ilustración de Maxfield Parrish para 'The Knave of Hearts'

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